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Mis creaciones de cerámica en...

jueves, 10 de mayo de 2012

RELATO Nº 2 : "El Alfiler" . (cosas que nos unen)

"El Alfiler" -      
- "Las joyas son siempre para las hijas". 
  
Con aquella frase Herminia dio por terminado el asunto, antes de que nadie ni siquiera lo hubiese mencionado. Vació el escaso contenido del joyero en el interior de su bolso y el joyero en cuestión fue lanzado sin miramiento a la bolsa de basura. Al fin y al cabo era un simple estuche de tela, viejo y roñoso. 
Yo, sin ganas de protestar, le dejé hacer. Herminia, tras echar a la bolsa de basura varios pares de zapatos, salió hacia el comedor. Fue en ese instante en el que en un tris-tras, revolví en la basura hasta dar con el joyero y esconderlo apresuradamente en mi bolso. Tal y como si acabase de cometer un autentico robo. No era esa la razón por la que obré tan sigilosamente, sino por la certeza de que Herminia se reiría de mí en conocer el deseo de apropiarme de aquel objeto ajado.

" Mercedes Gimeno no hacía ni tres días que había muerto y nosotras ya estábamos borrando su huella en la humilde casa".

 Tras una hora más de limpieza de armarios, dimos por terminado el asunto. Antes de irnos nos acercamos a Inocencio, que como solía ser, fumaba su pipa en el patio. Alzando la voz porque estaba algo sordo Herminia le dijo: 
- Padre... la cena la tiene preparada encima del fogón… en la nevera le hemos dejado comida para dos días. Padre, recuerde: Luisa vendrá los viernes y yo los lunes. 
Inocencio asintió y sin exteriorizar demasiados sentimientos, nos vio marchar tras recibir un par de besos.

"Era de saten rosado, con forma hexagonal y estaba cosido a mano"
 Ya en casa saqué el joyerito del bolso depositándolo sobre mi cama.  Era de saten rosado, con forma hexagonal y estaba cosido a mano. 
 Yo lo había visto encima del tocador de mi suegra durante el breve tiempo en que coincidieron nuestras vidas. En una ocasión, viendo cómo me lo quedaba mirando, me comentó, satisfecha de haber acaparado mi atención: 
 - Lo hice yo… cuando estaba curándome en el hospital de las monjas. No es gran cosa pero a mi me ayudó a pasar… a pasar mejor aquellos duros ratos.  
 De aquellos hechos yo había conocido retazos y así, enlazando unos con otros, con el tiempo monté parte de su historia: Mercedes había sido durante toda su vida lo que se conoce por una “buena mujer”, pero de esas que por ser demasiado sacrificadas consienten abusos excesivos que terminan por consumirles la vida antes de tiempo. Por penar demasiado, cuando nació su hijo estuvo a las puertas de la muerte y solo lograron salvarla secándole un pulmón e ingresándola en un hospital, donde las monjas la ayudaron a remontar la convalecencia. 
 Mi lado mas sentimental hizo imaginarme a esa mujer, joven, ignorante, simple y de buen corazón, cortando, montando y cosiendo, puntada tras puntada, aquella pequeña cajita de tela… quizás considerando mientras lo hacía, si podría sobrevivir, y de hacerlo, cómo lograría sacar adelante a sus hijos en un país lleno de miseria. La empatía que yo había sentido hacia Mercedes no era porque fuese la abuela paterna de mis hijos… sino porque era la viva representante de una raza antigua de españolas educadas para una incuestionable resignación. 
              Así que allí estaba yo, pensando en la servicial abuelita a la que mis hijos apenas si iban a recordar, contando como contaban por aquel entonces, 4 y 5 años. Pero en eso me equivoqué, porque años después, hablando de ella, mis hijos me confirmaron que efectivamente no la recordaban físicamente, pero sí al evocarla, sentían cierta sensación de bondad y un inconfundible sabor a chocolate blanco (el que ella les regalaba en cada una de sus visitas) 
            El joyero, aun siendo viejo, estaba limpio y en perfecto estado. Al abrirlo, para sorpresa mía descubrí prendidos en la tela, un broche y un Alfiler, antiguos y sin valor. El broche tenía forma ovalada y era de esmalte blanco, en cuya superficie se veía pintado un ramillete de flores silvestres. El Alfiler era muy simple pero solo verlo tuve la extraña sensación de haber reencontrado a un viejo conocido. Su aguja era bastante larga, de unos 10 centímetros de hojalata dorada, y en uno de sus extremos, una bola de cristal blanco transparente se engarzaba con una serie de diminutos pétalos de metal dorado. No se porqué esa aguja me cautivó y en lugar de guardarla de nuevo en la cajita (que deposité en el cajón de mi cómoda) la dejé caer dentro de mi joyero personal. 

 -   19 años después  - 
  Pasando el dedo sobre mi parpado quité una mancha de rimel, me miré en el espejo y di por terminado el arreglo matinal. Prisas. Horarios. Relojes. Había que irse al trabajo. Ya. No quedaba tiempo para nada mas, salvo para colgarse el bolso y salir pitando. Un último vistazo en el espejo hizo que me percatase de que mi vestido se abría demasiado: contrariada comprobé que se había caído el botón que ajustaba las solapas sobre mi pecho. 

...y cogi el Alfiler que alli habitualmente guardaba clavado en la pizarra de corcho, entre chinchetas con recibos, extractos bancarios, fotografias....
No tenía tiempo material para un cambio de ropa así que fui hacia la cocina y cogí el Alfiler que allí habitualmente guardaba clavado en la pizarra de corcho, entre chinchetas con recibos, extractos bancarios, fotografías, y post-its llenos de anotaciones. 
 Con un movimiento lo prendí sujetando las dos solapas y dando por solucionado el incidente. Cerré la puerta del piso y me colgué el bolso en bandolera, dejando caer en su interior las llaves de casa. En la calle me dije que aquel iba a ser un buen día de primavera: aún no eran las nueve de la mañana y ya el sol brillaba de manera luminosa. 
 Bajé calle abajo con paso rápido. El bolso se sacudía a cada paso que daba y me percaté de que al llevarlo en bandolera la correa coincidía con la bola de cristal del Alfiler, zarandeándolo y haciendo que éste se deslizase hacia fuera. Solo fue un segundo lo que duró este pensamiento: 
 - “Ya veras como aún lo perderé…”- y fue otro segundo lo que duró el pensamiento que lo reemplazó: - “No. Tendré cuidado… no lo perderé”. – y presioné la bola de cristal hacia el interior, introduciéndolo de nuevo hasta el fondo de la solapa. 
 Recorrí los veinte minutos de mi diario trayecto a pie desde casa a la oficina, disfrutando de la belleza del Parque Ribalta con la primera luz del día, de las calles del centro de la ciudad aun desperezándose… y solo fue cuando llegué a la oficina y soltarme Emilia: 
 - “Chica, tan pronto y ya haciendo strip-tis…” - cuando me percaté de lo sucedido. Las solapas del vestido estaban abiertas, el sujetador al descubierto y ni rastro del alfiler. Fue una mezcla de intensísimo cabreo y desconcierto lo que sentí en escasos segundos. Tanto que incluso noté un vahído. No sé qué cara debí de poner porque Emilia se echo a reír y me dijo:
  - “ Chica, que no hay para tanto, que las tetas no se te ven… y el “suje” es una monada…”. 
 Pero yo no le hice el menor caso, estando como estaba controlándome por no auto pegarme dos bofetadas bien merecidas:
  - “Mira que te lo he dicho, mira que te lo he dicho…!!!”. Me reñí a mi misma en voz alta saliendo precipitadamente a la calle y dejando a Emilia mas asombrada si cabía. Recorrí a la inversa los últimos 50 metros rogando por ver el Alfiler en el suelo, caído, huérfano de madre, a la espera de que mis manos lo recogiesen. Pero aquello no sucedió. Observé la calle, larga, recta, interminable. Volver sobre mis pasos y regresar luego a la oficina eran como mínimo 15 minutos de ida más otros 15 de vuelta. O sea: media hora de retraso a la entrada del trabajo. Dios mío. Con lo mal que estaban las cosas, con la de despidos que amenazaban encima de nuestras cabezas. ¡¡¡¡Y ya daban las 9 en el campanario de la plaza!!!!. 
 ¿Qué excusa podía dar a mi jefe?. - “Es que he perdido un alfiler” – sonaba ridículo. ¿Y si añadía?... “Para mi tenia un gran valor sentimental?”- …. Mas ridículo todavía. Así que con una mezcla de dolor y resignación entré en la oficina y ocupé mi lugar de trabajo. Descolgando el teléfono que ya atronaba a la espera de que alguien le atendiese, mientras contestaba: 
 - “Rasan Grup, buenos dias ¿Digame? - No podia dejar de repetirme mentalmente : ¡¡Gilipollaaaaassssss…!! 

 - Tres horas más tarde, aprovechando mi descanso para el almuerzo, hice el recorrido de ida y vuelta examinando con la vista cada centímetro de acera y Paseo Ribalta. Nada, ni rastro. Con la de gente que había pasado durante ese tiempo por aquella zona transitada… ¿ En qué bolsillo andaría mi alfiler…o estaría ya prendido en una solapa? 
 Para empeorar mas mi ánimo recordé el pañuelo de cuello que perdí el verano anterior en Paris, regalo de mi tía abuela Paca: suceso por el que estuve mortificada varios días preguntándome cómo podía ser tan despistada y qué parisina a partir de entonces, lo llevaría entrelazado en su cuello, sin saber de su verdadero valor sentimental. 
 Con tanto sobresalto y “examen de conciencia” sufrí una especie de “visión mística-estrafalaria”, de esas que, reconozcámoslo, suelo padecer en momentos de crisis: Una voz interior me reveló que la misión del Destino era concedernos y arrebatarnos cosas malas y cosas buenas, que nuestra historia personal es un puzzle compuesto por ese continuo llegar y marchar de objetos, amistades, lugares y vicisitudes, dejando con ese ir y venir su huella indeleble en nuestra existencia, convirtiéndonos con ello, en seres únicos y diferentes. 
 De ser esa idea cierta…. quizá ese pañuelo perdido, ese Alfiler, esos objetos, esas amistades que van quedando atrás… y en otras manos, ayudan a darle forma al destino predestinado de esos desconocidos que se adueñan de lo que nosotros perdemos. O abandonamos. Ya veis a qué conclusión tan absurdo llegue… 
 Como aquella “peli” que vi una vez en la Filmoteca, y que nos narraba las aventuras de una simple cajetilla de fósforos, que era extraviada y encontrada por una serie de personajes anónimos, que sin saberlo, iban creando la esencia del film… 
 O como aquella otra noticia que leí una vez en un periódico sobre un completo desconocido que se dedicaba a leer novelas y luego abandonarlas en los bancos de los parques, en el asiento de un vagón de metro, en la repisa de una ventana… con la inscripción en la primera pagina en la que se leía: - “Este libro tiene por destino ir cambiando de manos, así que si lo encuentras y te interesa léelo, pero por favor, no lo guardes en tu casa, vuélvelo a dejar en otro sitio público, para que otro lector, desconocido como tú y yo, disfrute de sus paginas.".

  Aquel torbellino de extravagantes pensamientos lograron de cierta manera reconfortarme por un rato. Pero cuando al medio día regresé a casa y contemplé el hueco dejado en la pizarra de corcho por el Alfiler… sentí el mismo pesar que hubiese sentido de haber perdido a una vieja amiga. 

 Y entonces… entonces… lo confieso: volví a tener otro pensamiento… “raro”, (de esos que, como veis, ocupan demasiadas veces mi mente). No sé porqué rememoré a mi abuela Pepita. Entre su abanico personal de raras habilidades estaba la de encontrar objetos perdidos, por eso, cuando alguien de la familia o algún vecino perdía algo, venia a casa y le decía: 
  - “Pepita, no encuentro esto ó aquello, por favor… encuéntramelo”. Y Pepita se encerraba en su dormitorio para que nadie la molestase y rezaba una oración que solamente ella sabía, porque a ella se la había enseñado su madre, mi bisabuela Pepa, y ella a su vez solo se la podía enseñar a su hija, mi madre, y ésta, en teoría, debería de habérmela enseñado a mí. Pero mi madre no era “rara” como mi abuela, ni como yo, así que pasó de aprender oraciones y por consiguiente, de trasmitírmelas.
 - Ay abuela… - suspiré con ironía - … qué bien me iría ahora esa oración”. 
       E irreprimiblemente me invadió el impulso de cerrar los ojos allí mismo, de pie en medio de la cocina, frente la pizarra de corcho, tal y como si ésta fuese un altar. E invoqué y supliqué a mi abuela Pepita para que allí donde estuviese, rezase ella por mí esa oración tan efectiva y que el alfiler reapareciese; como sucedió mientras vivió, en todos los casos en que ella había intercedido entre el mundo material y el espiritual… 
 Si, aún podía recordar la cara de estupefacción de familiares o vecinos cuando volvían a nuestra casa con el objeto perdido entre sus manos, diciendo con un hilo de voz: 
  - Pepita…lo he encontrado…y no lo entiendo… si yo había mirado allí cien veces!!!. 
    Cuantos recuerdos me invadieron...
 Pero con un supremo esfuerzo los aparté implorándome cierta dosis de cordura: 
 - Luisa… por Dios!!! Parece mentira que a tus años sigas con tus cuentos antiguos, tus espíritus y tus rarezas!!! Déjalo ya… compórtate como la adulta que eres. Reconócelo, has sido descuidada y has perdido el Alfiler, solo eso… ahora serénate, siéntate a comer y olvídate de todo esto. A las cuatro tienes que estar de nuevo en la oficina… Esa es la realidad, lo otro son tonterías y cuentos de vieja chocha… que visto lo visto…es lo que eres!!! 
  En aquella lucha interior entre la locura y la cordura terminó por ganar ésta última, así que opté por aliñarme la ensalada, asarme el pollo y comer mientras el telediario de las 3 me hablaba de crisis y guerras. 

Era jueves, habían trascurrido tres días y el disgusto ya se me había pasado… relativamente. Al fin y al cabo sólo se trataba de un alfiler, además, como consuelo había optado por tomar la determinación de comprarme uno parecido, aprovechando alguno de mis viajes al extranjero, para que de esta manera igualmente tuviese un significado especial para mi. 
Eran casi las ocho y media de la noche y tenía la cabeza saturada tras una jornada de intenso trabajo. Suspirando de cansancio me detuve frente mi portal, metí la mano en el bolso, mecánicamente, como hacía un mínimo de ocho veces al día en busca de las llaves… cuando de pronto rocé algo con las yemas de los dedos … reconociendo al instante su contorno. 
Perpleja e incrédula saqué el objeto del bolso y lo observé sin entender nada. 
¡¡¡¡¡   Ab-so-lu-ta-men-te -na-da   !!!!!!
Al cabo de unos segundos, durante los cuales di varias vueltas a la Galaxia y regresé, logré pronunciar una conclusión coherente: 
- “Debo darle las gracias a la ley de la Gravedad, a la Ley de las Probabilidades e incluso a la Santa Providencia: cuando el alfiler se desprendió de mi vestido por la fricción contra la correa de mi bolso … en lugar de caer al suelo, como hubiese tenido que haber sucedido teniendo en cuenta que existía por lo menos un 99’99% de posibilidades… no lo hizo!!! Por esos azares curiosos e imprevisibles de la vida, de los giros y del movimiento… topó por casualidad con la apertura mínima de la boca de mi bolso… y allí se quedó!!! Cumpliéndose el 0’01% del resto de posibilidades existentes. 

Si… racionalmente eso, únicamente eso, cabía que hubiese sucedido. 
 Pero… ¡¿ Sabéis quééééé?!!!!!!!… 
 Como soy rara… rarísima en ocasiones… no le di las gracias a la ley de la Gravedad, ni a la de la Santa Providencia, ni a la Ley de las mínimas mínimas Probabilidades… Le di las Gracias directamente, y a conciencia… a mi abuela Pepita. 
 Si, solo ella…solo ella podía conseguir… algo así.

      Este relato va dedicado a todas esas personas, recuerdos y objetos que nos      
acompañan durante toda la vida y nos dan fuerzas para seguir adelante. 


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