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viernes, 20 de julio de 2012

RELATO 10: El perro de Nadie ( La indiferencia - Los olvidados)

Relato nº 10: El perro de Nadie. (dedicado a los Olvidados)

"Intercambiamos la mirada"
Era una tarde de finales de verano, lloviznaba. Crucé el parque y me lancé a la calle adyacente, casi corriendo porque el semáforo estaba en rojo y había bastante tráfico. Fue al llegar a la acera contraria cuando sentí un leve roce en mi pierna que me hizo bajar la vista. Allí se encontraba él, cruzando al mismo tiempo pegado a mi pierna. El me miró. Yo le miré, deteniendo los pasos, preocupada porque ambos nos adentrábamos en zona peligrosa y su vida corría peligro. Su vida y no la mía, porque él no era un ser humano como yo, si no simplemente un perro vagabundo.
Afortunadamente su instinto de conservación le puso en alerta, dio media vuelta y se internó de nuevo en el parque. Por unos segundos me pregunté qué sería de él, pero solo fue una brevedad porque las prisas, los horarios, el siguiente semáforo ya en verde… en definitiva, el raciocinio, hicieron que reanudase mis pasos descartando el sentimentalismo.
" vagando entre los senderos..."
Él reapareció unos días después, vagando entre los senderos del parque. Yo solía cruzarlo cuatro veces al día por motivos laborales y dos veces mas por motivos perrunos: vivía cerca y tenía un perro al que bajar a pasear. Así fue cómo se inició mi relación con el perro de nadie. Era como una sombra, furtiva. Aparecía silenciosamente sin hacer caso a nadie, le veías escarbar en las papeleras, olisquear por los rincones…y desaparecer.


El perro de nadie. El perro invisible.
Empecé a llevarle sobras de pan o un puñado de pienso, mientras lo observaba devorarlo con avidez y a distancia, porque no permitía que nadie se acercase a menos de 5 metros de distancia. Con ello comencé a presenciar su deterioro. Cada día más flaco, más legañoso, con el pelo cayéndosele a trozos, muriéndose poco a poco delante de mí y de todos los presentes. Cada vez que cruzaba el parque lo buscaba entre los árboles. Se convirtió en una obsesión, compartida. Porque otr@s como yo empezaron a preocuparse por él. Otr@s que también paseaban por el parque con sus mascotas y no podían pasar por alto aquel desamparo. Pero él se resistía. No daba su pata a torcer. Ni su voluntad. Ni su libertad. Ni sus miedos.
       Aquella noche bajé al parque más decidida que nunca. Un buen trozo de hueso de jamón del último puchero envuelto en papel de plata, sería mi salvoconducto. Me encaminé al parque con inseguridad….pensando que si mi idea funcionaba y yo regresaba a casa con semejante chucho, mi marido me echaba a patadas. A mí y al perro. No lo entendería. El era un ser humano cabal. Era yo la que me estaba comportando de manera más irracional que el propio perro. ¿Quién en su sano juicio metía en casa un animal con un sinfín de enfermedades que pudieran ser incluso contagiosas para la mascota de casa y demás habitantes dos-patas?... Solo una loca como yo. Pero… ¿Y pasar de largo frente al sufrimiento ajeno?....  Esa postura tan extendida últimamente de “mirar hacia el otro lado”, me daba la contestación a la pregunta que siempre me ha perseguido desde el día en que descubrí por casualidad, una vieja fotografía en blanco y negro, de un niño muerto de hambre en una acera en Varsovia, mientras los transeúntes pasaban a pocos centímetros de su lado. Me pregunté entonces horrorizada si en la Europa actual, en la que yo, nosotr@s, vivimos, esta foto tendría cabida…. ¡ No!. Me dije entonces. Pero últimamente me pregunto… ¿O tal vez sí? . ¿Qué nos está pasando a los humanos? ¿El interés propio está ganando la batalla al corazón? ¿Qué clase de “sinrazón-egocéntrica” nos guía?... Por todo ello… yo iba aquella noche con todas las dudas posibles en mi cabeza, y armada con un buen trozo de hueso de jamón en el bolsillo.

"... donde el perro de nadie se
convertia en una sombra invisible..."
Una vez más le encontré husmeando entre los senderos. La lluvia había caído de nuevo aquella tarde, aportando cierto frescor a los últimos días de verano. Nos miramos. Como dos viejos conocidos. Saqué el hueso. Forcejeamos mentalmente. El con un “déjame tranquilo tía”. Yo con un “cuantos palos te han pegado para que desconfíes de este modo”.

La distancia fue insalvable. Finalmente le lancé el hueso, que recogió casi al vuelo mientras yo daba unos pasos hacia él. Su retroceso fue instantáneo. Mis palabras amables tampoco dieron resultado. Retroceso por su parte, avance por el mío, e insistencia.
De esa manera salimos del parque topándonos con el bulevar que recorría la zona oeste de la ciudad. Ahí sí que me entró el pánico y los remordimientos, porque huyendo de mi él se internó entre aquellos dos ríos de coches que separaban el parque de la siguiente calle. La lluvia reflejaba en el suelo la multitud de luces que iban y venían, se oyó un claxon, un frenazo, un cambio de marcha. Una aceleración. Temí verlo hecho pedazos por mi culpa. Pero él supo esquivarlos con veteranía y lanzarse hacia las calles más próximas. Lo seguí. Pensando que se daría por vencido. Que entendería que yo, con aquella persistencia, era su amiga. Quizás por un intento de tranquilizar mi conciencia, de demostrarme que estaba haciendo todo lo posible por él…
Cruzamos mas calles y otra carretera, haciendo gala de su control absoluto para esquivar todo tipo de coches. Poco a poco las calles fueron vaciándose de casas, hasta llegar a un territorio donde había más descampados que viviendas. Él continuaba guardando distancia: si detectaba que yo aceleraba el paso, también lo aceleraba. De vez en cuando se detenía y me miraba, como preguntándose por qué le seguía. Ni yo mismo lo sabía. Así llegamos al final de la ciudad. Donde tras la última rotonda solo hay espacio para campo, casas abandonadas y oscuridad infinita.
Donde el perro de nadie se convertiría en una sombra más y sería el dueño absoluto de la absoluta Nada. Ahí detuve mis pasos y él ganó, perdiéndose en la noche.
Lo volví a ver en otras dos ocasiones, hasta que un día sencillamente no apareció. Tampoco al siguiente, ni al otro… y la rutina diaria devoró su hueco dejado.
A veces lo recuerdo y me pregunto si el perro de nadie murió entre las ruedas de un coche… o quizás de hambre, sed… tal vez consumido por una enfermedad…

Su recuerdo me obliga a preguntarme ¿Qué hace que alguien sienta indiferencia ante la desgracia ajena? … ¿Qué miedos te llevan a desconfiar, a preferir esa terrible soledad antes que una ayuda? El perro de nadie desapareció. Y fue, es, como si nunca hubiese existido.
Pero sabed que hay más “perros de nadie”. Muchos de ellos de “dos-patas”.
En los senderos del parque los suelo ver dormir encima de sus bancos, o en algún rincón escondidos entre cartones. Durante el día se adecentan como pueden en una pequeña fuente. Desconozco cómo pasarán el resto de jornada. Yo solo cruzo entre los senderos.

...Sabed que hay más “perros de nadie”.
Con una lucha constante entre raciocinio y sentimentalismo presencias el declive y la agonía de los perros-invisibles-dospatas. Deseas ser solidario con ellos, y sentirte por ello feliz. O al menos en Paz. Pero algo te lo impide, obligándote a mirar hacia otra parte cuando pasas a su lado. Hasta que un día dejas de verlos. Como al perro de nadie. Entonces te preguntas si su suerte cambió, si consiguieron salir del agujero… o simplemente eligieron otro parque donde sobrellevar su lenta agonía.
No encuentras una respuesta. Ni nada que te haga sentirte bien contigo mism@. Ni con la Sociedad en la que vives. Intentas reconfortarte diciéndote que no puedes hacer nada, que solo te queda avanzar entre los senderos del parque… mecánicamente… deseando no sentirte demasiado culpable, y buscando, en vano, cierto sentimiento de Felicidad.


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